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miércoles, 15 de julio de 2015

Felicidad

La felicidad no tiene peso, ni medidas no puede ser comprada, no se presta, no se pide prestada, no resiste cálculo
porque material no es, sólo puede ser legítima.

Felicidad falsa no es felicidad, es ilusión.

Pero, si yo supiese hacer cuentas para medir el bien diría que la felicidad sí puede tener tamaño, puede ser grande, o pequeña, tan pequeñita que puede caber en la palma de una mano, pero, también puede alcanzar el tamaño del mundo.

La felicidad es sabiduría, esperanza, deseo de ir, de quedarse, es presente, pasado y futuro.
La felicidad es confianza: creencia, trabajo y acción.

No se puede tener prisa para ser feliz,porque ella viene bien despacito, como quien nada quiere.

Ser feliz no depende del dinero, tampoco depende de la salud, ni del poder.

La felicidad no es fruto de la ostentación ni del lujo.

Felicidad es desprendimiento, no es ambición.
Solamente es feliz quien sepa soportar, perder, sufrir y perdonar.
Sólo es feliz quien sepa, sobretodo, amar.

Desconozco a su autor


viernes, 12 de junio de 2015

¿Que impide nuestra felicidad?

¿Qué puede hacerse para alcanzar la felicidad?

No hay nada que tú ni cualquier otro podáis hacer.

¿Por qué? Por la sencilla razón de que ahora mismo ya eres feliz, ¿y cómo vas a adquirir lo que ya tienes? Pero, si es así, ¿por qué no experimentas esa felicidad que ya posees?

Pues, simplemente porque tu mente no deja de producir infelicidad.

Arroja esa infelicidad de tu mente, y al instante aflorará al exterior la felicidad que siempre te ha pertenecido.

¿Y cómo se arroja fuera la infelicidad?

Descubre qué es lo que la origina y examina la causa abiertamente y sin temor: la infelicidad desaparecerá automáticamente.

Ahora bien, si te fijas como es debido, verás que hay una sola cosa que origina la infelicidad: el apego. ¿Y qué es un apego? Es un estado emocional de vinculación compulsiva a una cosa o persona determinada, originado por la creencia de que sin esa cosa o persona no es posible ser feliz.



Tal estado emocional se compone de dos elementos; uno positivo y otro negativo.

El elemento positivo es el fogonazo del placer y la emoción, el estremecimiento que experimentas cuando logras aquello a lo que estás apegado.

El elemento negativo es la sensación de amenaza y de tensión que siempre acompaña al apego. Imagínate a alguien encerrado en un campo de concentración y que no deja de engullir comida: con una mano se lleva la comida a la boca, mientras que con la otra protege la comida restante de la codicia de sus compañeros de encierro, que tratarán de arrebatársela en cuanto baje la guardia.

He ahí la imagen perfecta de la persona apegada.

Por su propia naturaleza, el apego te hace vulnerable al desorden emocional y amenaza constantemente con hacer añicos tu paz. ¿Cómo puedes esperar, entonces, que una persona apegada acceda a ese océano de felicidad ¡Es como esperar que un camello pase por el ojo de una aguja!
Ahora bien, lo verdaderamente trágico del apego es que, si no se consigue su objeto, origina infelicidad; y, si se consigue, no origina propiamente la felicidad, sino que simplemente produce un instante de placer, seguido de la preocupación y el temor de perder dicho objeto.

Dirás: “Entonces, ¿no puedo tener ni un solo apego?”. Por supuesto que sí. Puedes tener todos los apegos que quieras. Pero por cada uno de ellos tendrás que pagar un precio en forma de pérdida de felicidad.

Fíjate bien: los apegos son de tal naturaleza que, aun cuando lograras satisfacer muchos de ellos a lo largo de un día, con que sólo hubiera uno que no pudieras satisfacer, bastaría para obsesionarte y hacerte infeliz.

No hay manera de ganar la batalla de los apegos. Pretender un apego sin infelicidad es algo así como buscar agua que no sea húmeda.

Jamás ha habido nadie que haya dado con la fórmula para conservar los objetos de los propios apegos sin lucha, sin preocupación, sin temor y sin caer, tarde o temprano, derrotado.

En realidad, sin embargo, sí hay una forma de ganar la batalla de los apegos: renunciar a ellos.

Contrariamente a lo que suele creerse, renunciar a los apegos es fácil. Todo lo que hay que hacer es ver, pero ver realmente, las siguientes verdades.

Primera verdad: estás aferrado a una falsa creencia, a saber, la de que sin una cosa o persona determinada no puedes ser feliz. Examina tus apegos uno a uno y comprobarás la falsedad de semejante creencia. Tal vez tu corazón se resista a ello; pero, en el momento en que consigas verlo, el resultado emocional se producirá de inmediato, y en ese mismo instante el apego perderá su fuerza.

Segunda verdad: si te limitas a disfrutar las cosas, negándote a quedar apegado a ellas, es decir negándote a creer que no podrás ser feliz sin ellas, te ahorrarás toda la lucha y toda la tensión emocional que supone el protegerlas y conservarlas.

¿No conoces lo que es poder conservar todos los objetos de tus distintos apegos, sin renunciar a uno sólo de ellos, y poder disfrutarlos más aún a base de no apegarte ni aferrarte a ellos, porque te encuentras pacífico y relajado y no sientes la menor amenaza en relación a su disfrute?

Tercera y última verdad: si aprendes a disfrutar el aroma de un millar de flores, no te aferrarás a ninguna de ellas ni sufrirás cuando no puedas conseguirla. Si tienes mil platos favoritos, la pérdida de uno de ellos te pasará inadvertida, y tu felicidad no sufrirá menoscabo. Pero son precisamente tus apegos los que te impiden desarrollar un más amplio y más variado gusto por las cosas y las personas.

A la luz de estas tres verdades, no hay apego que sobreviva. Pero la luz, para que tenga efecto, debe brillar ininterrumpidamente. Los apegos sólo pueden medrar en la oscuridad del engaño y la ilusión. Si el rico no puede acceder al reino del disfrute y de la alegría, no es porque quiera ser malo, sino porque decide ser ciego.

Anthony de Mello


domingo, 19 de octubre de 2014

Siéntete feliz

Te puedes sentir feliz, con simplemente experimentar felicidad en tu naturaleza. La felicidad real y duradera no llega con detrimento de los demás o por medio de oponerse ni negando la realidad. Puedes aprender a ser feliz y a no estar en conflicto con los demás o con las situaciones, a pesar de lo que esté sucediendo.

Tal vez los demás no estén de acuerdo con tu felicidad. Podrían pensar que no les respondes apropiadamente. Claramente, hay demasiado dolor, sufrimiento y miseria en el mundo, por lo tanto no es necesario agregar más. Si tu felicidad de ve mal entendida o juzgada por los demás, puedes volverla en paz, comprensión y compasión al elegir ser feliz, pese a todo.

- John Morton


sábado, 19 de abril de 2014

Atrévete a soñar (Parte 2)

Yo te invito hoy a escuchar tu corazón, que ahí están las claves de tu felicidad.
  1. Qué quiero: Es una pregunta difícil porque otros han decidido por ti. Uno secretamente siempre sabe qué quiere cuando sabe lo que le gusta. Si igual sigue siendo difícil, piensa lo que no quieres para ti. Es más fácil empezar por ahí.
  2. Qué pienso hacer acerca de: Dinero, relaciones, trabajo, estudio, familia, religión. La mejor manera de conocerte y encontrar qué quieres es pensar en tu forma de pensar hacia lo que haces y vives diariamente.
  3. Sentimientos: Cuáles son tus sentimientos en general. Si tú te sientes la mayoría del tiempo, o por lo menos más veces de las que quisieras, enojado, triste, abrumado, cansado, incómodo, los temores te agobian, temes que el dinero no te alcance, vacío, dolor, angustia y demás, déjame decirte que no eres feliz. Busca serlo, te lo mereces, tienes derecho a ser feliz.
  4. Decide ser feliz: Ser feliz es una decisión, al igual que el ser miserable y amargado. Tú lo decides. Cuesta el mismo esfuerzo diario enojarse por todo y quejarse que respirar profundo y ver el lado amable de las experiencias.
  5. Liberar lo que te disgusta: Deja ir todo lo que no te gusta, aunque sea ese novio o trabajo que dicen que es maravilloso pero de alguna forma no te termina de convencer. Suelta tus sentimientos negativos. Si no lo puedes hacer solo, ve a terapia; esto es lo que hacemos los psicólogos cada día en nuestra practica clínica.
  6. Listo para soñar: Ahora que ya estás reconociendo aquello que te gusta y lo que no, te sugiero que tomes lápiz y papel y diseñes cómo quieres que sea tu nueva vida, cómo es el o la nueva tú, qué tal sería tener un cuerpazo, una pareja de película y un trabajo como lo soñaste. Atrévete a escribirlo, lo peor que puede pasar es que en lugar del 100 que pediste llegues a un 70, 80 o 90. Pero te apuesto que el 70 de ese sueño es 800 veces mejor de cómo estas hoy. ¿O no?
  7. Prepárate para cambiar hábitos: Si ya empezaste a tomar las riendas de tu vida, tendrás que hacer cambios importantes en ella. No a todos los que te rodean les va a parecer, pero se trata de tu vida y de cómo quieres que de hoy en adelante tengas -por fin- los mejores años de tu vida.
  8. Recíbelo, es tuyo: Te pasaste tanto tiempo esforzándote en todo lo anterior que, sin darte cuenta, un día ya no estás en ese trabajo, estás en uno que te gusta más y te pagan mejor. Ahora estás viviendo tu sueño y no tienes idea de qué pasó, pero pasó. Cuando es para ti, llega; y cuando sabes qué quieres, los sueños se hacen realidad.
¡A vivir el sueño, se ha dicho!

Suerte.

Dagmar Polasek
Psicología General
Licenciada en Psicología Clínica
Socia Fundadora de Colegio de Psicólogos

lunes, 23 de diciembre de 2013

Aprender a perdonar: Actuar con libertad

El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por diente". El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re-accionando", de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.

Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma. El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."

En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado". La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.

Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.

Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico. Se puede perdonar llorando.

Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de Bingen.

Continuará...
Jutta Burggraf


lunes, 30 de septiembre de 2013

4 pasos para que seas feliz

1. Date un tiempo para estar solo y pensar.
Necesitas estar tú solo, enteramente solo para preguntarte si lo que haces realmente es lo que viniste a hacer a esta vida.
Confróntate.
No le des la vuelta. No leas esta columna y ya. Haz algo al respecto iniciando en pensar. Piensa en lo que más te gusta en la vida y cómo lo podrías realizar.
Aquí quiero comentarte algo muy moderno en el área de la superación personal que quizá te ayude y te de luz en el camino: si te estas esforzando demasiado en lo que haces, si sientes que tu esfuerzo es mayúsculo a momentos, entonces, ten la certeza de que eso no es lo tuyo, no es tu camino.
El camino del éxito siempre se recorre sin esfuerzo. El esfuerzo sólo se sucede cuando se camina en contra de nuestra esencia.

2. Pierde el miedo a la opinión pública.
El temor al “qué dirán” es una de las barreras de la superación personal que más frecuentemente he observado. Y es de los obstáculos más difíciles de vencer.
Pero también he observado algo trascendente en este punto: mientras más primitiva es la persona en su evolución, más importancia le confiere a lo que digan los demás de él; y mientras más evolucionada sea la persona, menos importancia o nula le confiere a la opinión que los otros emitan de él.
La buena noticia: es cuestión de evolucionar en el arte de ser persona, y herramientas para tan sublime evolución hay muchas. Nueva Conciencia es una muy poderosa, créeme. Si me has leído en el transcurso de tu vida, ya puedes dar fe de lo que estoy afirmando aquí. Sí puede cambiar un ser humano, sí puede evolucionar. Y una de las francas medidas en donde se nota es cuando ya no le das la importancia que le dabas antes, a lo que dicen los demás.

3. Decide cuanto antes.
Decidir es renunciar. Incluso el origen etimológico de la palabra proviene del latín decidere que significa “cortar”. Si ya descubriste qué no te gusta, y ya perdiste el temor a la opinión pública, corta y deja aquello que lastima tu vida.
Verás que la decisión de dejarlo es prácticamente automática si perdiste el temor al qué dirán.
Si ya te diste cuenta que la persona que está junto a ti no es la adecuada, corta esa relación.
Si ya te diste cuenta de que tu trabajo te agobia y no te permite disfrutar de la vida, corta y cámbialo. Si no te agrada tu cuerpo, corta con la inercia y vuélvelo a moldear. En esta decisión lo que está en juego es tu alegría de vivir. Nada más.

4. Disfruta del resultado.
¡Ahora solo queda gozar! Sin duda alguna te puedo afirmar que tu vida se transforma prácticamente en una experiencia epicúrea.
Y aquí lo más hermoso: cuando tú disfrutas tanto de tu vida te transformas en un agente inspirador para miles, tu presencia es agradable y buscada por muchos, tu conversación se convierte en una de las más amenas charlas, tu compañía es deseada por mucha gente aunque no te des cuenta de ello, tu capacidad de ayuda se incrementa enormemente.
Y lo más impactante: todo ello suele suceder sin que te des cuenta y sin el más mínimo esfuerzo.
¿Te parece un cuento de hadas? Pues no, créeme que así es, tal cual. Lo único que se necesitó para llegar a este punto de evolución humana es ser tú mismo y hacer lo tuyo. En este nivel no existe el esfuerzo. Aunque los demás, sí lo pueden percibir así en ti. Ellos no saben que solo te estás dejando fluir. De las ironías más grandes de la vida es cuando la perfección –prácticamente— se logra sin el mínimo esfuerzo.

Desconozco a su autor
Fuente: EPYA