Mostrando entradas con la etiqueta Separación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Separación. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de junio de 2014

Tipos de rupturas

Ruptura rápida: La mujer se va en cuanto aparecen las primeras manifestaciones de violencia.
Tiene el grado de estudios necesario para encontrar un trabajo.
Tiene amigos con los que contar.
No tiene pasado familiar de violencia.
Tiene alternativas, conoce recursos y tiene acceso a ellos.
Tiene una buena autoestima.

Ruptura a disgustos: Se separa tras varios años de soportar violencia, después de haber intentado salvar la relación. Reduce su culpabilidad puesto que ha hecho todo lo que ella pensaba que podía salvar su pareja.
Ha puesto medios para poner fin a la violencia.
Ha buscado ayuda: psiquiátrica, alcohólicos anónimos, etc…
Ha intentado salvar su matrimonio.
Su decisión ha sido pensada y meditada.
Evalúa que el precio del abuso es demasiado alto para ella y los niños, y decide irse.

Ruptura evolutiva:
Abandona la relación y vuelve sucesivas veces, hasta adquirir el convencimiento de que es preferible afrontarlos problemas derivados de la separación que soportar la tortura de semejante relación.
La violencia se añade a la dificultad de irse.
Tiene baja autoestima
No conoce los recursos.
Tiene dificultades económicas.
Tiene pocas posibilidades de trabajar fuera de casa.
Tiene la responsabilidad de los hijos teme la soledad.
Se siente aislada.

Así pues la experiencia de la ruptura debe haber permitido algunas adquisiciones o aportado respuestas importantes a la mujer maltratada. Por su parte, el agresor, se siente reforzado por el regreso de su víctima (hace lo que quiere, de todos modos ella vuelve siempre). Se siente con autoridad para reiniciar, en algún momento, comportamientos violentos puesto que sabe que la víctima le pertenece.

Fuente: 
Campaña Por La No Violencia Contra Las Mujeres

sábado, 28 de diciembre de 2013

La curación


Después de haber atravesado una mala experiencia lo más conveniente es comenzar un proceso de curación.

A continuación te ofrezco los pasos para comenzar dicho proceso, sacados del libro “Superar el dolor emocional” de John Preston:

  • No te hagas más daño. Lo primero es no empeorar las cosas. Hipócrates decretó que la primera regla de un médico es no agravar la enfermedad. Tenemos por naturaleza una capacidad de castigo emocional. Por ese motivo esa debería ser la primera regla “ No empeorar las cosas”. Es imprescindible distinguir entre el sufrimiento necesario y provechoso. El sufrimiento necesario es el que se crea de manera natural por una situación vital, por ejemplo la muerte de un ser querido, una situación grave, la traición de un amigo… Con lo que debemos evitar el Bloqueo psicológico, echar leña al fuego, mucho pesimismo entre otras muchas cosas que no ayudan para nada en la curación.
  • Descubre de qué manera se cura la gente. Valora tus sentimientos, enfréntate a tus emociones y busca una dosis para el dolor. Parece ser que en la mente humana existe como un mecanismo con el que comprobamos y administramos el dolor y su moralidad. Es parecido a una acción- reacción psicológica. La fase no es consciente sino automática. Tenemos que estar pendientes cuando el proceso se para. Evitemos la negación y el delirio. Recuerda que quien cura no es el tiempo, quien cura son los impactos de una exhibición repetida de la realidad.
  • Coopera con tu curación. “El tiempo cura todas las heridas”, hasta cierto punto esto es verdad. El tiempo aplaca algunos sentimientos, pero en realidad la auténtica curación se produce si tú la eliges. Se podrían dar algunos procesos, entre ellos: expresa tus emociones, habla de lo sucedido, sé responsable con tus emociones fuertes, admite la realidad, comparte tu dolor, comunícate positivamente contigo mismo. Decídete a empezar con tu propia curación!
  • Es un buen comienzo admitir que el dolor pasará igual que las heridas físicas. Si te propones hurgar en las heridas no conseguirás curarte y será mucho más doloroso el proceso de curación. Diles NO a tus pensamientos de odio, coraje y culpa. Sigue adelante y cierra de una vez todos aquellos capítulos que leíste mil veces. Perdonar o no es tu decisión. ¡Ya estás preparada! Recuerda que el perdón lo debes compartir contigo, en tu interior y no con el opresor. Toma decisiones que cambien tu vida. Impide problemas repetidos.
  • Sé asertiva. En los combates personales, los más habituales son: promesas rotas, trato injusto, olvido de las necesidades, tentativa de controlar/dominar al otro, falta de interés por comprometerse, discriminación sexual o racial, engaños y mentiras, culpas de todo. Ser asertiva es erradicar toda agresión, ya sea física o verbal porque con ello hieres a los demás y a ti misma, la no asertividad es la auto negación.
  • Controla tus emociones. Aprende a hacerlo. Recuerda que “posible” no es igual que “probable”, así que confía en ti misma. Domina los “debería” y utiliza los “podría”.
  • Ten una buena condición física y elimina el estrés.
  • Terapia de apoyo. Grupos de gente con gustos, hobbys, intereses personales y profesionales similares a los tuyos te ayudarán mucho.
Si llevas a cabo estos consejos, estás en la dirección correcta para tu curación. Ánimo y adelante!!


“No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.(Gabriel García Márquez)

Vanessa Arjona

jueves, 19 de diciembre de 2013

El desamor

Es casi obligado hablar del desamor cuando hablamos de cosas de dos, y cuando hablamos del amor también. Porque el desamor ocurre, y sobre todo en el tipo de amor que se da en la Pareja. Cuando hay amor, puede ocurrir el desamor.

El desamor por un amigo, ocurre de una manera totalmente diferente.

Vamos a hablar del desamor en la Pareja, algo de lo quizás todos sabemos un poquito. Vamos referirnos no sólo a lo que puedan ser nuestras experiencias personales, sino también a los síntomas más particulares que hemos recopilado a lo largo de la que es también nuestra experiencia profesional en consulta. Cuando vemos que el desamor es la causa de los problemas que existen en las Cosas de Dos.

Cuando acaban las emociones positivas ante el encuentro con el otro, cuando la rutina y la vida en común apagan la comunicación y el interés por el otro, cuando uno tiene una sensación incluso de extrañeza ante la presencia del otro, es cuando comienza el desamor. ¿Qué hago yo aquí con esta persona? Es una pregunta que dispara la primera señal de que ya no se la ama. Y además uno no encuentra respuesta a esta pregunta.

Lo definimos como el comienzo en la falta de interés por el otro, y suele culminar en un absoluto desinterés que produce esta sensación de extrañeza de la que antes hablábamos.

El desamor está también íntimamente unido a la falta de deseo sexual por el otro. Este es también uno de los síntomas principales del desamor

La falta de interés puede producirse por múltiples razones, que pueden ser simplemente consecuencia de estrés o preocupaciones sobre uno mismo, pero cuando no nos dice NADA la presencia del otro, sino que más bien nos "sobra", cuando no tenemos ganas de comunicar nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras preocupaciones o simplemente qué tal nos ha ido el día, y ésto ocurre cada vez con mayor frecuencia, entonces sí que nos podemos preguntar si seguimos amando a nuestra Pareja.

Si estamos en un momento emocionalmente estable, podemos tener la reacción de comenzar a hablar del tema, que sería lo más sano que podríamos hacer, porque a lo mejor no es el desamor, sino la rutina y el aburrimiento por falta de estímulos que unen lo que nos provoca esta desgana a la hora de compartir.

En la propia comunicación sobre nuestro estado de desinterés hacia el otro, puede suceder que nos demos cuenta que la cuestión tiene arreglo o no. Podría tener arreglo si sentimos la necesidad de arreglarlo en ese preciso momento en el que se tiene el diálogo sobre el tema, pero si notamos que sobreviene un sentimiento de lástima por el otro o que nos nace un sentimiento de no hacer daño, entonces, es que nos hemos encontrado con el desamor. Seguimos queriendo a esa persona, pero no amándola.

En un primer momento se pueden tener sentimientos de una falsa compasión por el otro y tratamos de compensar este sentimiento, que es real, con actitudes ficticias producto de un sentimiento de culpa, es la fase "masoquista" del desamor, en que el duelo por la pérdida de la pasión y del deseo se compensan echándose las culpas a uno mismo. Porque el desamor se vive como un sentimiento de duelo por la pérdida del amor por el otro. Los intentos de compensación producto de los sentimientos de culpa asociados no lleva más que a un rechazo finalmente por el otro, cuando se da uno cuenta de que es inútil tratar de compensar, que el sentimiento es real y que estamos ante una farsa.

Es difícil asumir que el desamor ha llegado a nuestras vidas, ya que el hombre es animal de costumbres y por tanto hay quien se resigna ante este sentimiento no creando otras expectativas que continuar en una relación cortés, pero claro está, no es probable que el otro acceda a ello. Sería un intento de prolongar algo que podría convertirse en una agonía. Y la agonía en el amor es muy desagradable y puede llevarnos al aborrecimiento por el otro, lo cual ya lindaría con la peligrosidad y los límites que jamás se deben rebasar, de los cuales hablaremos en otro capítulo. Cuando el desamor llega a nuestra vida como pareja, es mejor separarse y convertir la relación en un amor amistoso, quizás sea la mejor solución.

El desamor no suele ocurrirle a los dos miembros a la vez. Ojalá fuera así, pero es algo inusual, desgraciadamente, porque se evitarían de ese modo muchos sufrimientos, es por eso que ante el desamor los dos sufren, es un momento de duelo de pérdida para los dos. Si se sabe asumir esta fase sin dramatismos neuróticos, pueden evitarse muchos sufrimientos extras producto de la resistencia a que puedan producirse cambios, entre los que por supuesto está la separación.

Es preferible ante la mínima señal de falta de interés y de alegría por ver al otro, o ante cualquier situación en la que uno "no se encuentra en su sitio" cuando está con el otro hablarlo, decirlo, comunicarlo. En un primer momento quizás una serie de puntualizaciones pueden hacer reaccionar al otro (al que no ha sentido todavía esa horrible sensación de extrañeza) para que comience a seducir a su Pareja, ya que el desamor también se manifiesta ante una falta de "ser seducido por el otro".

Quizás tardemos un tiempo antes de ser conscientes del desamor, por eso invitamos a las Parejas a hacerse un "chequeo de amor" con frecuencia, con todas las características que un amor de Pareja conlleva, y sobre todo las relacionadas con el deseo sexual por el otro, el deseo por el contenido de sus mensajes cuando se comunican, el interés por su bienestar, la tendencia al cuidado del otro y el respeto por sus gustos y costumbres.

Cuando alguno de estas premisas fallan, es entonces cuando hay que sentarse a dialogar y a puntualizar si todavía se puede una forma de "sanar" la relación y volver a abrir las puertas al amor.

Cuando fallan las ganas de compartir, de experimentar, de hacer cosas juntos, de construir, de acercarse en la unión, de "hacer piña" juntos, de hacer el amor, de hablar sobre las cosas de dos, de hacer proyectos juntos, de divertirse y reír, de emprender y ayudar al otro, de cuidarle y protegerle, es cuando llega el desamor.

Son momentos tristes de mucho dolor, siempre se sufre y siempre se han de elaborar sentimientos de pérdida de duelo interior, que puede perfectamente elaborarse si no atravesamos los límites que dicta nuestro corazón.

Pensando con el corazón a veces es cuando mejor acertamos a la hora de evaluar nuestros sentimientos en vez de calibrando lo que es mejor o peor. Peor será siempre llevarle la contraria a nuestros sentimientos tratando de compensarlos con razonamientos. Esto no funciona en el amor, ni tampoco en el desamor, cuando lo que tratamos de hacer es lo mejor para los dos.

Tomarse un tiempo de separación para reflexionar, y para ver si se echa de menos al otro en las cuestiones relacionadas con el amor: deseo de compartir, deseo de su compañía, deseo de sus caricias y de su cuerpo, deseo de cuidarle y protegerle, y deseo de saber qué piensa y siente y qué hace o deja de hacer, es lo que aconsejamos ante la sospecha de la llegada de tales sentimientos de extrañeza por la presencia del otro.

Antes de tomar resoluciones drásticas, es mejor reflexionar para darnos tiempo antes de resolver mediante una separación. Pero ante el verdadero desamor es siempre aconsejable una separación con el fin de evitar el deterioro, la agonía y los sufrimientos que podemos evitar.

El amor es como un banco con tres patas. Una de estas es el deseo sexual. Otra es la comunicación y el contacto íntimo. Y la otra: la confianza (y la seguridad que ésta sustenta). Cuando alguna de sus patas se rompe, el banco se cae: se vive el desamor en la pareja. Si el estrés cotidiano o la pesada monotonía afecta, a la pasión sexual, o a la comunicación íntima, o, si s pierde la confianza y seguridad por la pareja, estaremos frente a está pérdida de interés y de disfrute con la pareja.

Si bien tenemos la firme convicción de que el desamor es tan pasajero como lo es el propio sentimiento pleno de amor, cuando su bases están muy deterioradas, tenemos evitar que la caída del banco nos rompa un pie. El desamor puede ser un motivo de separación para evitar daños mayores.

En otro apartado hablaremos de cómo llevar mejor una separación cuando el desamor protagoniza nuestros sentimientos hacia el otro. Mirar hacia otro lado sabiéndose dueño de la vida de uno y de los sentimientos, con control sobre ellos, sería lo óptimo. La cuestión es no perder la autovaloración personal nunca, porque el desamor es algo normal y hay que simplemente aceptarlo como algo que ocurrió, y aunque parece fácil decirlo, todos sabemos lo difícil que es elaborarlo con sabiduría. La experiencia, el conocimiento y el paso del tiempo, curan las heridas incluso las más profundas que puedan surgir. Y más profundas serán cuanto más tiempo nos tomemos para actuar rápidamente ante la más mínima señal. Las claves son la rapidez para reaccionar y la sensación de estar controlando y aprendiendo sobre lo que nos dicta nuestro corazón.

Isabel Alama

jueves, 14 de noviembre de 2013

Abandonar el sentimiento de culpa


Ya has tomado la decisión. Después de darle quién sabe cuántas vueltas, por fin lo has decidido: TE SEPARAS. A partir de ahora ya no sufrirás más, tu vida cambiará!


Pero hay algo que te irrita, algo que no te deja tranquila… El sentimiento de culpa. Te sientes muy mal. Te sientes culpable. Culpable por hacerle daño,culpable por tirar por la borda todas vuestras ilusiones y proyectos.

Y entras en el proceso del duelo. Es la misma sensación que cuando muere un ser querido. Sientes un gran vacío y una pérdida. Sientes que le pierdes, porque en realidad así es, le pierdes.

Pero, “¿Por qué siento ésta culpa?”, piensas. Pues fundamentalmente es porque crees haber violado alguna norma de tu moral. Porque lo que en verdad piensas es que si dejas a alguien, no respondes sus llamadas o no le das una oportunidad, está mal. Entonces es cuando aparece la culpa y te recuerda que debes ir conforme a esas reglas. La culpa es un sentimiento natural de los humanos.

Muchas mujeres maltratadas no son capaces de dejar a sus maridos, entre otras cosas, porque su código interno les dice que separarse está mal. Así es como funciona el sentido de la responsabilidad.

El problema está en que si defiendes ese código incondicionalmente, y no tienes en cuenta que debes ajustarlo a la realidad, te será muy complicado superar el duelo. Admitir esa norma y reflexionarla te ayudará a descubrir lo que en realidad hay detrás para que puedas abandonar el sentimiento de culpa. No es tarea fácil cambiar nuestras creencias y habituarse a las nuevas. Necesitarás ayuda para ello, pero créeme que valdrá la pena.

Debes afrontar esa culpa de manera que no te ahogues en sentimientos negativos. Es normal equivocarse, es señal de que eres tú quien elige, con lo cual también debes afrontar las responsabilidades.

La culpa requiere un gran esfuerzo para poder escapar de la gran carga que que supone. Y para superarse no basta con “hacerse la loca” y hacer como si no pasara nada. Responde sinceramente, ¿crees que todo se resuelve con sentirte culpable?

No olvides que una relación es cosa de dos, por lo que tanto el enriquecimiento como la degeneración depende de ambos. Si solamente miras los errores de uno de los dos, no estás siendo realista, eso no te ayuda. De ahí nace la culpa.

Puedes experimentar “ataques” de culpabilidad o, por qué no, de responsabilidad por la situación.

Puedes pasar noches enteras pensando y dándole vueltas a qué es lo que has hecho mal y por qué ha salido así. Repito, echarte la culpa no te va a ayudar a arreglarlo. No sirve de nada, incluso aunque tú fueras la culpable.

La culpa te paraliza y no te deja avanzar en el proceso del duelo.

Céntrate en tus nuevos propósitos y olvídate de remordimientos. Es la única manera de poder estar bien contigo misma.

No olvides nunca que cuando una pareja se rompe es porque ambos se han equivocado.

Si sigues metida en el papel de víctima seguirás pensando que es él quien te deja y llorarás eternamente porque no cambia.

Tampoco sirve de nada culpar a los demás. Acepta tu nueva etapa e intenta vivir lo más feliz que puedas.

Espero haberte ayudado y recuerda:

“La vida no te quita personas, te aleja las que no necesitas”.

Vanessa Arjona

miércoles, 23 de enero de 2013

¿Adiós al buen proveedor? por Rose Mary Espinosa

En aquel entonces, mi hijo mayor era un gran admirador del reino animal, especialmente de las serpientes. Una tarde, después de haber pasado el fin de semana con su papá, me contó que éste le había preguntado por una especie que él no conocía: la cobra de México.

De inmediato, mi hijo le había respondido que era imposible, que las cobras eran originarias de Asia y África.

“Claro que existe”, insistió el papá. “Te daré más pistas: vive en la Colonia Del Valle, tiene dos hijos…”.

Mi hijo respondió asombrado:

--¿¡Mi mamá?!

--¡Claro! Porque me cobra la renta, me cobra la luz, me cobra el teléfono…

Mas que compartir el chiste, mis dos hijos estaban atentos a mi reacción. Aunque entonces hacía esfuerzos sobrehumanos para no engancharme en esas cuestiones, aquella vez no me pude contener:

--Si así como yo cobro, él pagara... –dije y, en el instante, rectifiqué--: A tiempo, si pagara a tiempo.

Cuando compartí la anécdota con mis amigas, varias de ellas lo consideraron una agresión, aun cuando, en comparación con otros exmaridos, él mío tuviera fama de ser de los mejores: aunque exigía comprobantes de la mayoría de gastos y no siempre hacía los depósitos de manera puntual, al final siempre cumplía con sus obligaciones.

Días después, coincidí en un café con amigos escritores. Uno de ellos, recién separado de su esposa, relataba el viaje a Europa que acababa de hacer con su hija. Al decirle a su exmujer que le aguantara el paso con los pendientes del regreso a clases, ella le había reclamado que hubiera hecho un viaje tan caro en vez de aportar con lo prioritario:

--No importa lo que haga, para la madre nunca es suficiente. Me preguntó entonces de qué se hacía cargo mi exmarido. Yo empecé a hacer la --cada vez más corta-- lista y él dijo:

--O sea que también él es del club de los pendejos...

Esto de ver quién financia qué suele hacer que aflore un pragmatismo que raya en mezquindad sobre todo cuando parece que todo se centra, más que en cuentas claras, en una advertencia de: “A mí no me vas a ver la cara”. Ay, el control que se ejerce a través del dinero…

Escuché sobre un hombre que, aunque a menudo dejaba de cumplir con su parte, el día que se enteró de que el nuevo novio de la exmujer le había hecho unos regalos a los hijos, le llamó para decirle que ellos tenían a su padre y él no era nadie para querer ganárselos. También sobre aquellos que son más o menos responsables hasta el día que conocen a alguien y quieren rehacer sus vidas y, de la negociación pasan al regateo, y se niegan a cooperar para cambiar las cortinas deshiladas, pero publican en Facebook las fotos de los viajes, fiestas y demás dádivas hechas a sus nuevas novias. Que se rehúsan a cambiar las llantas del coche en el que sus hijos se transportan por ser el mismo en el que la exesposa se va de juerga cuando los niños no están con ella. O que exigen tabuladores pormenorizados y les quita el sueño imaginar que con ese dinero la ex compra cigarros, tragos o hasta condones para estar con un nuevo galán.

Y en el caso de ellas, bueno, también las hay… Impedidas para encontrar un trabajo remunerado o para encontrar una pareja, ¡o ambos!, so pena de perder apoyo, ¿amenaza o pretexto? O las que exigen y, aun cuando reciban, sobajan y, apenas el ex hace el intento de hacer ajustes, aprovechan para presentar una contraoferta que se dispara por las nubes, y es todo o nada, y quién eres tú para hablar si simplemente no estás, pues tú estás y, ¿de qué sirve?, y si no vas a entrarle, mejor no los veas, ¿ah, sí?, pues por ley podría verlos todavía menos, y soy capaz de declararme en quiebra, y yo de declararme loca y te los quedas, o me los llevo y no vuelves a saber de nosotros…

Como dice una canción de The Shins, los juegos ridículos y repulsivos de la adultez.

Y los licenciados, lo saben, lo saben…

Me costó varios años empezar a tramitar en serio mi divorcio y, en buena medida, fue por no encontrar al abogado indicado. Hubo una que me sorprendió por sagaz: al ex habría que sacarle hasta la risa, tendría que pagar lo básico pero también lo extra: de la manutención al esparcimiento, de las compras de emergencia a las de capricho, de las medicinas a los regalos de cumpleaños de los amiguitos. Desde luego que, en esa misma proporción, ascendían sus honorarios y se saboreaba el botín desde ya: “ Es más”, me dijo, “si hay testigos que lo vieron salir de la casa, podemos preparar una demanda por abandono de hogar y guardarla como un as bajo la manga”.

Más de una vez me dieron ganas de arrojar la toalla y seguir adelante, a mi tiempo, de acuerdo con mis posibilidades, sin entrar en dinámicas de aparentar minusvalía para no mermar la recompensa ni pedir 30 por ciento más para recibir cuando menos un 10 por ciento, aunque también me parecía sinsentido dejar de exigir lo justo por razones de desgaste o dignidad. Mi acuerdo idóneo sería: contribuir los dos de manera equitativa y cualitativa, ojalá de manera voluntaria, sin tener que perseguir a nadie. Un par de años después tuve la suerte de encontrarme con una abogada práctica y sensata, cuyo interés fue agilizar --y no entorpecer-- el trámite, un convenio equilibrado, a cambio de una cantidad razonable.

Mi experiencia y lo que he observado en los casos de amigos y conocidos, me hacen volverme al concepto de perpetuación de la ficción, de que habla Hanna Rosin, autora del libro The End of Men (El final de los hombres), en el sentido de que las mujeres aún no se acostumbran a la posibilidad de adueñarse del poder y los hombres, a su vez, preservan rasgos de protectores y proveedores, aun cuando no perciban los ingresos suficientes para ello: “Tal vez el rol del proveedor no pasó de hombres a mujeres sino, simplemente, pasó a ser obsoleto”.

De ahí que aún persistan metáforas como la de la cobra y la del club de los pendejos…


Autora: Rose Mary Espinosa
Fuente: http://blogs.eluniversal.com.mx



domingo, 20 de enero de 2013

Síndrome de Alienación Parental

¡Mis hijos me odian!...“Llevaba tiempo proponiéndole a mi marido que nos separáramos ya que nuestra relación no funcionaba. Pero él nunca quiso aceptar la separación y amenazaba con quitarme a mis hijas. Al final, lo está consiguiendo, las niñas no quieren estar conmigo y he tenido que irme de casa porque no soportaba ver cómo me rechazaban”

Así habla una madre angustiada, cuya separación está destruyendo la relación con sus dos hijas. Su ex marido ha conseguido infundir odio en sus niñas hacia ella, acusándola de malos tratos, de romper la unidad familiar… Y, lamentablemente, este no es un caso aislado. En los últimos años, las separaciones conflictivas han hecho aparecer un grave problema: el Síndrome de Alienación Parental (SAP).

Programados para odiar a mamá

El SAP es un proceso que consiste en programar a un hijo para que odie a uno de sus padres sin que tenga justificación para ello. Normalmente esta situación se crea tras un divorcio o separación conflictiva, en la que el progenitor que se queda con la custodia de los niños proyecta sus odios personales hacia su ex pareja en ellos. A menudo, se recurre a mentiras y falsas historias que convierten al otro padre en un monstruo, llegando incluso a hablar da abusos sexuales o malos tratos.

“En septiembre de 2007 empezó mi pesadilla, cuando le expuse a mi marido que quería la separación. Desde el primer momento me acusó de malos tratos a mis hijas, les infundió odio hacía mi diciéndoles que soy una mala madre, que soy la culpable de la separación, que cuando eran pequeñas les pegaba… afirmación que obviamente no es cierta. Yo soy la que realmente se preocupa por su educación y él es el que las consiente, tratando así de confundirlas. Su padre llevaba ya meses manipulando a las niñas y yo cada vez las encontraba más extrañas: la pequeña, de 11 años, era muy madrera y su actitud empezó a cambiar, mostraba desconfianza hacia mí, y la mayor, de 15 años, me faltaba al respeto. Primero pensé que eran cosas de la edad, aunque veía extraño el comportamiento de su padre con ellas: él se lo consentía todo, y mientras yo les regañaba por sus comportamientos, su padre las cogía aparte para hablar con ellas y reprenderlas, según él. Pero siempre lo hacía sin estar yo presente, lo que me hizo sospechar. En realidad, les daba la razón a las niñas para quitarme mi lugar como madre y dejarme mal delante de ellas”.

El proceso puede tener como detonante que uno de los padres rehaga su vida sentimental o que el alienador sienta que ha perdido su lugar ante los hijos. Entonces el progenitor alienador se marca como objetivo alejar a la ex pareja de sus hijos y empieza a influir en ellos. Como consecuencia, los niños caen un conflicto de lealtades y no quieren dar la razón ni a uno ni a otro, lo que deriva en graves problemas emocionales para ellos.

Síntomas de alerta

El progenitor alienador sabotea la relación entre los hijos y el otro progenitor, hasta obstruir todo contacto padre-hijo o madre-hijo. Los hijos alienados tienen las mismas ilusiones que el progenitor alienador, en el procedimiento psiquiátrico llamado “locura a dos” (folie-à-deux o Trastorno de Ideas Delirantes Inducidas).

1. Campaña de denigración. Esta campaña se manifiesta verbalmente y en los actos.
2. Justificaciones fútiles. El hijo da pretextos fútiles, poco creíbles o absurdos para justificar su actitud.
3. Ausencia de ambivalencia . El niño está absolutamente seguro de él y su sentimiento exprimido hacia el progenitor alienado es maniqueo y sin equívoco: es el odio.
4. Fenómeno de independencia. Afirma que nadie lo ha influenciado y que ha llegado solo a adoptar esta actitud.
5. Sostén deliberado. El pequeño toma de manera pensada la defensa del progenitor alienador en el conflicto.
6. Ausencia de culpabilidad. No siente ninguna culpabilidad por la denigración o la explotación del progenitor alienado.
7. Escenarios prestados. Cuenta hechos que manifiestamente no ha vivido él, o que ha escuchado contar.
8. Generalización a la familia extendida. Extiende su animosidad a la familia entera y a los amigos del progenitor alienado.

Consecuencias para los niños

Como el SAP consiste en la continua manipulación de uno de los progenitores sobre su hijo para que deje de querer al otro progenitor –explica Francisco J. Fernández Cabanillas, presidente de la Asociación Nacional de Afectados del Síndrome de Alienación Parental (Anasap)-, este proceso tiene efectos demoledores sobre las criaturas. A corto plazo el niño crece en orfandad psíquica paterna o materna, en un ambiente de “secta fanática anti-papá o anti-mamá”. A largo plazo, llegan a odiar a ambos progenitores, al que alienta el odio y al receptor del mismo. Como el niño amputa psíquicamente una parte de sí mismo, la que se identificaba con el padre/madre alejado y atacado, obviamente se perjudica el desarrollo de su personalidad.

Ningún niño será capaz de llevar una vida normal a no ser que este "maltrato" se interrumpa. Estos pequeños son susceptibles de padecer una depresión crónica, un sentimiento incontrolable de culpabilidad y de aislamiento, trastornos de identidad y de imagen, comportamientos de hostilidad, y una falta de organización, entre otros problemas. A largo plazo, estos pequeños tendrán problemas de autoestima y de pérdida de seguridad emocional, una herramienta básica para que los seres humanos se desarrollen adecuadamente. Algunos, incluso han llegado a terminar con el problema suicidándose.

De hecho, en los en los hospitales públicos españoles, los servicios de Psiquiatría que atienden a los niños víctimas de SAP consideran este problema como una forma de maltrato infantil.

Un problema cada vez más frecuente

Según Fernández Cabanillas, este síndrome es cada vez más usual por varias razones: la fundamental es el incremento anual de la población infantil en riesgo debido al aumento de los divorcios con hijos menores comunes, un tercio de los cuales son muy conflictivos. Por otra parte, el SAP se produce, casi siempre, en un proceso judicial de ruptura de pareja y, en un país con una Justicia secularmente lenta, la dilación judicial acaba coadyuvando a la aparición del SAP y dificultando, cuando no impidiendo, su curación. “El SAP –añade Fernández Cabanillas- es una urgencia sanitaria de salud mental infanto-juvenil, pero ‹‹urgencia›› y ‹‹juzgado›› son palabras antinómicas, una contradicción en sus propios términos. Si a lo anterior unimos que un conjunto heterogéneo de operadores jurídicos (abogados, procuradores, psicólogos forenses, asistentes sociales, puntos de encuentro familiar, etc.) basan sus ingresos anuales en la propia existencia del conflicto de las parejas rotas con hijos, la salud psíquica de estos niños y su desarrollo equilibrado no encuentra muchos defensores con suficiente influencia política y social para la solución de esta grave ‹‹epidemia psíquica››.

En concreto, se estima que afecta a uno de cada cuatro hijos de padres en proceso de separación contenciosa. Esta situación no es despreciable teniendo en cuenta que el 35% de las separaciones y divorcios -se registran unos 150.000 cada año en España- son conflictivos, y en más de la mitad hay niños implicados, lo que genera un caldo de cultivo importante para este síndrome, que se ve con mayor frecuencia en este país. Se calcula que puede haber entre 500 y 1.000 casos de incomunicación entre algún progenitor y sus hijos, y en torno a 20.000 situaciones de transición en las que se empieza a detectar un problema de comunicación.
¿Cómo solucionar el conflicto?

Si una persona sufre este síndrome, tendrá muchas dificultades para superarlo y lograr recuperar el amor de sus hijos. Todo el sistema jurídico español –explica el presidente de Anasap- se vuelve contra el progenitor alienado. Muchos padres son víctimas en el proceso de divorcio de la estrategia del abogado contrario llamada “la bala de plata”: denuncia de su ex por abusos sexuales a su hija menor, con petición de largas condenas de cárcel, que, sólo tras un calvario judicial, estigmatizado socialmente, y tras la “pena de banquillo” (el hecho de estar procesado penalmente ya es una “pena”), muy tarde y con suerte, será declarado inocente. Pero el tiempo no vuelve hacia atrás y cuando un Juez o Tribunal lo absuelve, sin contacto ni visitas con su hija menor durante el largo proceso, ese padre “ha muerto psíquicamente” en la mente de su hija.

“Conté mi problema en Asuntos Sociales -nos explica esta mamá- y allí me dijeron que mi caso era un claro ejemplo de Alineación Parental, pues las niñas se creían las mentiras de su padre y se estaban convirtiendo en manipuladoras de los demás niños. Tuve que abandonar el hogar porque no soportaba cómo mis hijas me rechazaban y me echaban de casa. Me vi obligada a poner una denuncia a mi marido por malos tratos psicológicos que llevaba a cabo a través de las niñas. Se celebró un juicio de medidas provisionales, en el que las niñas pidieron permanecer con su padre y el Juez las escuchó. Me pusieron un régimen de visitas, pero él lo incumple diciendo que las niñas no quieren verme y me impide la comunicación con ellas apagando los teléfonos. Las utiliza en los juicios en su propio beneficio, haciendo que declaren contra mí y corroboren lo que él dice”.

En el caso de las mamás alienadas y excluidas, declara Francisco J. Fernández, el estigma social es muy fuerte, la sociedad las señala como “mala madre” de forma tan cruel, que la mayoría padecen depresión profunda, incluso constan numerosos casos de suicidio. “Lo mejor es que los papás y mamás afectados de SAP se pongan en contacto con nosotros a través de nuestra web, www.anasap.org, donde podremos ayudarles”.

Para iniciar las vías de solución de este grave problema social, primero se ha de aceptar su existencia, lo cual aún no está pasando en este país. Lo segundo, desvincular el SAP de la cuestión de “género”. En resumen, reconocer que el SAP existe y no es sexista, afecta a niños y a niñas, a papás y a mamás.

“El Gobierno –añade el presidente de Anasap- ha de tomar medidas urgentes de política judicial y, si es verdad que en España se aplica la Convención de Derechos del Niño, no puede crear primero Juzgados de Violencia contra la mujer ya que la protección primera ha de ser a los niños: el interés ‹‹superior›› del menor, obviamente, no es superior en la práctica política. Además, los Juzgados de Familia y otros competentes en la materia han de contar con personal de primera categoría profesional: los mejores, con los mejores medios y los mejor pagados, con incentivos económicos específicos a la solución real de problema de relación niño-progenitor afectados de SAP. Hasta ahora, el incentivo económico es ‹‹dar carpetazo›› judicial al tema.

Hay que cambiar la ley de divorcio -que en teoría es de ‹‹divorcio de los padres›› y en la práctica se convierte en la ley del ‹‹divorcio de los hijos››- introduciendo mecanismos de igualdad parental en la relación con los hijos menores”.

La custodia compartida, explica Fernández Cabanillas, no es la única solución, pero es una buena “vacuna” o mecanismo legal preventivo para la aparición y desarrollo del SAP. La custodia compartida, alternativa o repartida es una exigencia de igualdad. Pregúntale a un niño: “¿cómo repartirías una tarta entre papá y mamá de manera justa?” Te responderá, “igual a cada uno”. La distribución del tiempo de relación entre un niño y sus padres que se aleje de la mitad para cada uno, requiere mucho esfuerzo para su justificación, más aún en una sociedad como la española, que tiene aversión a la desigualdad. Las personas y asociaciones contrarias a la custodia compartida en España, que hablan de “niños-maleta”, son las que viven del “niño-maletín”.

“Nosotros –explica esta madre- estamos a la espera de que el juez dictamine sobre nuestro caso, ya que nos tienen que ver los peritos judiciales, algo por lo que he luchado mucho para que así se desvele toda la manipulación y el daño irreversible que mi ex marido ha causado a sus hijas.

Desgraciadamente, la justicia es lenta y esa lentitud hace que la situación se agrave cada vez más: el padecimiento de las niñas les causará secuelas el día de mañana, sin hablar de mi desgaste por una lucha diaria para conseguir que esto se solucione lo antes posible. No sólo están aisladas de mí, sino también de mi familia.

Parar acabar con este problema, necesitaríamos jueces de familia especializados en estos casos. Así se evitaría que los niños fueran víctimas de una separación, durante la cual uno de los padres los utiliza para su propio beneficio: en venganza hacia el otro progenitor por separarse y para conseguir mantener sus bienes materiales, importándole más esto que el bienestar de sus hijos”.

Fuente: Francisco J. Fernández Cabanillas, presidente Anasap, www.anasap.org.
Redacción: Irene García