domingo, 24 de febrero de 2013

Basura

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.

— Buenos días…

— Buenos días.

— La señora es del 610.

— Y, el señor del 612.

— Sí.

— Yo aún no lo conocía personalmente…

— De hecho…

— Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…

— ¿Mi qué?

— Su basura.

— Ah…

— Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…

— En realidad sólo soy yo.

— Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.

— Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar…

— Entiendo.

— Y usted también…

— Puede tutearme.

— También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…

— Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…

— Usted… ¿Tú no tienes familia?

— Tengo, pero no son de aquí.

— Son de Espírito Santo.

— ¿Cómo lo sabe?

— Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.

— Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.

— ¿Ella es profesora?

— ¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?

— Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.

— Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.

— Así es.

— Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.

— Así fue.

— ¿Malas noticias?

— Mi padre. Murió.

— Lo siento mucho.

— Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

— ¿Fue por eso que volviste a fumar?

— ¿Cómo es que sabes?

— De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.

— Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.

— Yo, gracias a Dios, nunca fumé.

— Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…

— Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.

— ¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?

— ¿Eso, también lo descubriste en la basura?

— Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.

— Es que lloré mucho, pero ya pasó.

— Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…

— Es que estoy un poquito resfriada.

— Ah.

— Veo muchos crucigramas en tu basura.

— Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.

— ¿Polola?

— No.

— Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.

— Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.

— No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.

— ¡Tú estás analizando mi basura!

— No puedo negar que tu basura me interesó.

— Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.

— ¡No! ¿Viste mis poemas?

— Vi y me gustaron mucho.

— Pero, ¡si son tan malos!

— Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.

— Si yo supiera que los ibas a leer…

— Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?

— Creo que no. Basura es de dominio público.

— Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?

— Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…

— Ayer, en tu basura…

— ¿Qué?

— ¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?

— Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.

— ¡Me encantan los camarones!

— Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…

— ¿Cenar juntos?

— ¿Por qué no?

— No quiero darte trabajo.

— No es ningún trabajo.

— Pero vas a ensuciar tu cocina.

— Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.

— ¿En tu basura o en la mía?

Cuento de Luis Fernando Veríssimo

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